La voz del alumnado

¿Deben los alumnos decir lo que piensan en clase?

     La cuestión de que los estudiantes puedan proclamar sus preocupaciones destaca sobremanera en el libro de APPLE y BEANE: Escuelas democráticas (1999, p. 15 de la ed. inglesa); dicen que los educadores deben ayudar a los jóvenes a “buscar un conjunto de ideas y proclamarlas como propias”. Dada la densidad  del curriculum y la preocupación actual por los objetivos de rendimiento, los profesores pueden pensar que esto solo es posible si se delimita un espacio especial, y ese espacio puede hallarse en la educación para la ciudadanía, marco en el que es aceptable que los estudiantes debatan cuestiones cuya relevancia trasciende los límites del centro escolar.

     Más discutible es, sin embargo, cómo puedan comunicar los estudiantes sus puntos de vista acerca de las prácticas habituales en el centro que les resulten incómodas, sobre todo las que parecen contradecir los principio de justicia y respeto a las personas. Los jóvenes creen que pueden aportar mucho a la mejora de la enseñanza y el aprendizaje, pero, en la medida en que sus relatos adjudiquen los problemas en los profesores y no a ellos mismos, no están seguros de cómo deben proceder y tienden a no decir nada, a menos que un investigador visitante les facilite una válvula de escape para hablar o escribir, como ocurrió en los dos casos siguientes. El primero es un comentario de una alumna inglesa, blanca y de 13 años:

 Una de mis profesoras es totalmente tendenciosa a favor de las chicas. No le gustan los chicos y eso no está bien, porque nunca pregunta a los chicos y nunca los escoge para que pongan ejemplos… Evidentemente, ella habla de ellos si hacen algo bien, porque no puede ignorar lo que hagan, pero… si dicen un chiste… en vez de decir: “Bien, muy gracioso”, porque toda la clase se ríe, les riñe por hacerse los graciosos, cuando sólo es algo cómico en el trabajo. Vamos, que es un poco tendenciosa en su contra. (Caroline LANSKEY, datos del trabajo de campo, 2001).

Un estudiante afronorteamericano recuerda un problema similar:

     [Hay una profesora que] procura avergonzar y hacer pasar un mal rato a los alumnos blancos, mientras que trata muy bien a los negros. [Por ejemplo,] aplicaría el tercer grado a un estudiante blanco que se excusara por no haber hecho la tarea para casa, mientras que no cuestionaría las de un estudiante negro. Yo conozco a alumnos que tienen clase con ella y tratan de cambiar las clases porque no aguantan tener que sufrir esa discriminación. Prefieren tener un profesor que sea mucho más duro en el plano académico que asistir a la clase de esa profesora. (SHULTZ y COOK-SATHER, 2001, p. 66).

SHULTZ y COOK-SATHER afirman apasionadamente que “es crucial escuchar lo que los estudiantes tienen que decir porque, hasta que comprendamos de verdad lo que están viviendo: qué significa, les parece y sienten con respecto a la educación y de qué modo, nuestros esfuerzos a favor de la reforma escolar no llegarán muy lejos” (2001, p. 2). Sin embargo, la relativa carencia, hasta hace muy poco, de estructuras que legitimen la voz, junto con la existencia de estructuras tradicionales de poder en el aula y en el centro, dificultan mucho hablar y “contar”.

     A veces, los estudiantes dicen que no hay manera de que puedan discutir directamente sus críticas con los profesores, cuya forma de abordar las cosas les inquieta y son reacios a informar a otros docentes, a veces porque temen represalias, si llegan sus críticas a oídos del profesor interesado, o, simplemente, porque su código de conducta no les permite “hablar de otros” o “acusar a nadie”: “Yo podría hablar de lo que no me gusta de la educación [pero] no puedo salir y contárselo a todo el mundo… No puedo ir contando por ahí cosas como éstas” (AMY, en: SHULTZ y COOK-SATHER, 2001, p. 94). Hace falta tiempo y un compromiso paciente para construir unas estructuras abiertas y seguras en los centros escolares que permita a estudiantes y profesores, como colaboradores y  sin sonrojo, hablar de lo que pueda oponerse al progreso en clases concretas.

Extraído de Cómo mejorar tu centro escolar dando la voz al alumnado, de J. Rudduck y J. Flutter. Madrid, Morata (2007)