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Cuando se convive con un adolescente, los padres aprenden rápido que no es necesario hacer de todo una situación de conflicto

Así lo refleja Francisco Javier Ortega en su capítulo titulado «El adolescente sin atributos. La construcción de la identidad en un mundo complejo»

Los padres atribulados y sobrepasados necesitan a veces ayuda para discer­nir qué reglas son para ellos esenciales (siempre unas pocas) y qué otras son susceptibles de negociación. Los padres aprenden pronto que no es necesario, cuando se convive con un adolescente, hacer de todo una ocasión de conflicto. Hay batallas que no hay que librar. A esto ayudan las intervenciones de baja intensidad emocional, porque los adolescentes, cuando se sienten escuchados y queridos, tienden también a escuchar y reflexionar, aun cuando sus habituales maneras se dejen arrastrar a veces superficialmente a la polémica y la apología. De nada sirven las diatribas morales cargadas de condena, aunque son útiles las reflexiones sobre qué haría uno en su lugar, siempre señalando que no lo está. Los adolescentes quieren ser convencidos, no sermoneados. Quieren un adulto que ejerza con ellos cierto ascendiente, no su poder.